Tavernier nos construye un relato social de una de las potencias de la UE que orgullosamente se declara del primer mundo y que en muchos aspectos da la espalda a sus ciudadanos, en concreto a los niños, que deben tener las mismas oportunidades educacionales y pedagógicas pero que no es así y no solamente debido al poder adquisitivo de cada familia sino que no pone los suficientes medios para poder conseguirlo simplemente por problemas presupuestarios. Una deliciosa película que te hace admirar a una persona como Lefebre que no se mueve por las evaluaciones de sus superiores sino por su altruismo y el amor a una de las profesiones más bonitas y complicadas que existen, la de profesor de parvulario.
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